
Francisco Suniaga. Photo: Efrén Hernández.
Narrar viene de una palabra latina que significa “corriente”. Francisco Suniaga, autor de las novelas La otra isla y El pasajero de Truman, es el compañero ideal para una travesía. Puede ser el que escucha en la cubierta, o el que cuenta el último cuento de la última guardia. El que señala lo que dejamos atrás en un puerto, y quizás no vimos, o lo que nos espera en el siguiente y no podemos perdernos. En la proa o en la popa, con Francisco no se conoce el fastidio, sino el placer de ser guiado y acompañado por palabras, la sustancia del mar que nos convoca.
—Federico Vegas

Frederico Vegas. Photo: Efrén Hernández.
Federico Vegas es uno de los escritores venezolanos que permanecerán como una referencia en el tiempo futuro, para mí, sin duda, es el más completo de esta época. Entre otras muchas virtudes, en novelas tales como Falke, Historia de una segunda vez, y ??Prima lejana tuvo la valentía de escribir literatura venezolana sin complejos, como nosotros somos de verdad. Con su obra, reencontró el camino por largo tiempo perdido de nuestro quehacer literario y, por esa razón, marcó un rumbo para quienes le hemos seguido.
—Francisco Suniaga
Francisco Suniaga ¿Los escritores son mentirosos?
Federico Vegas Yo sí.
FS ¿Y dónde crees tú que radica la necesidad de la mentira en un escritor?
FV Primero que todo, la verdad no existe. Yo no la conozco. El otro día me dijeron una frase que me encantó. Un tipo iba diciendo, “Porque lo poco que yo creo en Dios…” Y alguien le dijo “Pana, cuando de Dios se trata, poco es muchísimo.” (risas) Y a mí me pasa eso con la verdad; creer un poquito ya es muchísimo. La mentira es una explicación más sensata porque estás jugando un juego limpio. Yo no estoy tratando de encontrar la verdad; yo estoy aproximándome a ella, a mi manera y con mis limitaciones. Creo que por ahí va la cosa.
FS Todos estamos más o menos limitados por la imposibilidad de la verdad. Es mejor arrancar no sé si tanto con una mentira, pero sí con la ficción.
FV Sin el peso de la verdad.
FS Sobre todo en nuestro caso. Ambos hemos hecho novelas que tienen que ver con la historia; a mí no me gusta llamar a mis novelas históricas, porque parece que ahora…
FV Yo ahora sí. La novela que estoy escribiendo da vueltas alrededor del asesinato de Delgado Chalbaud, el presidente de la junta militar formada en 1948 después de derrocar a Rómulo Gallegos, presidente democrático elegido dos años antes. Se formó en Francia, primero como ingeniero y luego como militar. Un hombre de una amplísima cultura que vivió siempre entre dos mundos sin pertenecer realmente a ninguno: Francia y Venezuela, una cultura humanista y el militarismo, la dictadura y la democracia. Fue asesinado en una conspiración tan vasta que es difícil precisar responsabilidades. Quizás lo mató su propia falta de ubicación y arraigo. En todo caso, a quien me pregunta le digo: “Va a ser una novela histórica.” Además se venden más, ¿cuál es el problema? (risas)
FS Hay una gran preferencia en el público venezolano por las novelas históricas, porque la gente quiere una explicación de lo que ahora nos pasa desde las experiencias pasadas.
FV Sobre todo a raíz de Chávez.
FS La gente quiere explicarse algunas cosas. Pero tampoco es que yo diga que la novela El pasajero de Truman no es una novela histórica porque yo suponga que es un género menor, no. Lo digo porque de verdad, en lo personal, me concentré en los dilemas del personaje, que habrían sido iguales independientemente de la época histórica en que se ubicara.
FV Es una moneda con dos caras. En primer lugar, ¿qué novela no es histórica? En busca del tiempo perdido es un tratado de historia, lo que pasa es que hay muchas cosas más. Y no hablemos del Ulises de Joyce, que es un tratado de historia de un día en una ciudad. Una novela tiene que tener un gran aporte de comprensión histórica para ser una gran novela. Los cuentos sí pueden soslayar la historia, pero la novela, no. La novela es histórica.
FS Sí, siempre hay que vincularla y enraizar esa trayectoria, de otra manera está en el aire.
FV Ve tú a saber si el hecho de que los dos hayamos escrito novelas que tienen mucho que ver con la historia se deba a otra cosa que tenemos en común: los dos empezamos tarde. Yo empecé a los 46.
FS Lo que pasa es que el tiempo ha pasado muy rápido estos últimos años. (risas) Yo empecé a los 50. ¿Y por qué empezaste tú tarde?
FV Empecé tarde porque la arquitectura me fascinaba. Yo era un arquitecto feliz, de esos arquitectos que hacen un poco los que les da la gana. Tenía mis clientes propios, hacía mis obras. El giro se debió a que me metí a constructor cuando la familia heredó unos terrenos. En esa época había una gran crisis y era difícil venderlos, había que desarrollarlos. Terminé haciendo yo el proyecto, la construcción, la venta. Yo no sé delegar, por eso es que terminé metido a escritor. El escritor sí que no puede delegar. Cuando ocurrió esa obra nunca supe formar un equipo que me ayudara. Éramos mi hermano y yo. Aquello fue un desastre. Pero inexplicablemente tuvimos suerte, nos fue bien. Yo quedé absolutamente extenuado, enloquecido con los problemas. Eran 43 casas con 43 clientes, y todas eran de lujo. No aguanté más y me fui a Princeton. Me inventé un pretexto para conseguir la visa para la familia; fui de visiting scholar y luego de profesor un semestre, pero yo no era cabalmente ninguna de las dos cosas. Lo que yo hacía era meterme en la biblioteca a pajarear. Ahí empecé a interesarme en Cristóbal Colón y el Dr. Chanca. Espero escribir alguna vez una novela sobre Chanca. El Dr. Chanca fue el primer médico que vino a América, y tuvo mucho que ver con el descubrimiento de una de las posibles primeras curas de la sífilis, la cortezca del guayacán… Toda una historia. Ahí arrancó la cosa. Después de esa especie de breakdown del constructor agotado empecé a buscar otro camino.
FS Coincidimos en la cuestión de dejar algo atrás e iniciarnos en la escritura. Yo también daba clases en la universidad. Era abogado; me especialicé en derecho internacional. Cuando estuve con Naciones Unidas un año en un lugar que se llama Timor Oriental, caí en la cuenta de que no podía explicarle a alguien que a mí me mataran ahí… no tendría sentido, así que renuncié a seguir esa vida. Yo siempre tuve la inquietud de escribir; no sé si tú, yo siempre la tuve.
FV Escribías por afición.
FS Sí, de estudiante universitario escribía cuentos. Me daba vergüenza mostrarlos y los consumíamos un grupito. Y después escribí muchos artículos periodísticos y ensayos, pero la idea de escribir una novela, la verdad, fue una casualidad.
FV Bueno tú contaste en Prodavinci cómo llegaste a Diógenes Escalante y al Pasajero de Truman. Me gustó esa explicación.
FS Es real. La novela que yo iba a escribir siempre fue la de Diógenes Escalante; la historia es muy buena en sí misma. Imagínate, una crisis política grave en 1945, se escoge a Escalante, embajador en Washington, para que venga a salvarnos y el hombre a las tres semanas se vuelve loco y deja un vacío de poder tan grande que al mes hubo un golpe de estado.
FV Me dijiste que estaba ligada a tu familia.
FS Había esa cuestión con mi papá, que fue un derrotado político eterno, una especie de Aureliano Buendía… perdió todas las batallas. Políticamente, mi papá era de URD. Le era leal a Jóvito Villalba, quien a pesar de fundar el sistema democrático, siempre fracasó en sus aspiraciones de llegar a la presidencia. Acompañó a Jóvito hasta la tumba, entonces todas sus derrotas él las heredó.
FV Que fueron fuertes.
FS Y fueron muchas. (risas)
FV Bueno, es que Jóvito iba a ser presidente de la república.
FS Claro, fue una cosa muy dolorosa. Y todas las explicaciones que él daba sobre las derrotas de su vida en términos políticos, estaban centradas en este personaje Diógenes Escalante, que si no se hubiese vuelto loco, las cosas hubiesen sido de otra manera. Esa historia siempre me apasionó. Comencé a trabajar en la novela de Escalante, que todavía no sabía se iba a llamar El pasajero de Truman; estaba en la fase de investigación y entonces se presentó la anécdota de La otra isla.
FV Y la anécdota, para los que llegaron tarde, era…
FS Es sobre un alemán que se ahoga, o aparece muerto, en Playa del Agua en la Isla Margarita, y no hay explicación alguna para la familia que quiere saber qué paso. Pero el estado venezolano no da respuesta a las solicitudes de los ciudadanos; nuestra sociedad tiene esas características. Hay una frase en la novela, de la madre del alemán que se ahoga, que no sé de donde la saqué porque fue de esas cosas creativas que aparecen sin que tú sepas cómo. Ella busca a un abogado para que le haga las averiguaciones en torno a la muerte de su hijo pero termina frustrada y le dice: “Mejor me voy, porque yo creo mucho en Dios y si me quedo aquí, voy a dejar de creer en Dios.” Es una anécdota que empiezo a desarrollar como un cuento, pero después me doy cuenta que tengo muchas más cosas que decir y comienzo a narrar…
FV Bueno, y es Margarita.
FS Digamos que se me hizo fácil porque todas esas vivencias margariteñas estaban ahí y no habían tenido cauce. La novela fue una especie de cauce de muchas cosas que quería narrar. Supongo que el hecho de haber vivido allí mi infancia y adolescencia y luego separarme completamente de esa realidad me dejó una nostalgia profunda que cuando se presentó el momento, fluyó y se hizo novela.
FV O sea tenías notas sobre Escalante antes de escribir La otra isla.
FS Sí, como no. Había ya una investigación. Menos mal, porque había hablado con personajes que después murieron, como es el caso de Hugo Orozco, el secretario de Escalante, y el caso mismo de María Teresa Escalante, su hija, que vivía en Santa Fe, Nuevo México.
FV Con ella hablaste siempre por teléfono.
FS Hablé por teléfono con ella, pero además, a sus 85 años escribía correos electrónicos. Todavía tengo unos correos electrónicos de ella. Ese fue más o menos el proceso, pero hay algo ahí medio mágico. Uno mismo no le encuentra explicación a la cuestión de sentarse a escribir.
FV Yo creo que lo más cercano al espiritismo es la literatura. (risas) A mí me han pasado cosas que dan miedo, cosas cuya única explicación son los espíritus. Te cuento una muy breve. Ahora con la novela que estoy escribiendo sobre Delgado Chalbaud, el personaje que lleva la historia en las espaldas es el secretario del tribunal donde se recopiló el sumario sobre el asesinato de Delgado. En ese momento, el secretario tiene 23 años; es un personaje inventado que se llama Francisco, como tú, por cierto, Francisco Rueda. El caso es que Francisco Rueda cuenta la historia cuando está viejo, y la cuenta porque a su hija Emiliana le preocupa que su papá esté aburrido, al borde de una depresión. El doctor le recomienda que lo ponga a hacer algo, y a ella se le ocurre poner a su papá a escribir lo que vivió durante el sumario. El Francisco ya viejo, padre de Emiliana, vive en Macuto, en una de esas seis o siete casas viejas que aún quedan en pie. Emiliana le ofrece a su padre entresacar del sumario las declaraciones más importantes para que él las comente y las graben. Termina el viejito echándole pichón; ella va todos los sábados a ver cómo va el trabajo, la escritura, le lleva incluso libros y ensayos. Cuando ya había avanzado bastante en la novela, un día, en el programa de radio que tengo con William Niño, La Ciudad Deseada, entrevistamos a una experta en esas casas de Macuto, la arquitecta Mónica Silva, quien dibujó las plantas y fachadas de las casas más importantes, casas del 1900 y pico.
FS Había una callecita que una bajaba y unos almendros…
FV Hay cinco casas impresionantes, algunas de ellas prefabricadas con piezas de madera que venían en barco y las armaba el propietario. Entonces le digo, “Mónica, estoy haciendo una novela que se desarrolla en Macuto, y me gustaría que me mandaras una foto de una de las casas para documentarme un poquito.” Me dice, “Te voy a recomendar una casa que es la única que quedó en pie después del deslave. Es la que quedó en mejor estado.” Yo no le había contado nada de la novela, y ella me dice, “En esta casa hay un abogado.” El personaje mío era abogado. “Cegato.” Yo había descrito que el personaje tenía problemas de resequedad en los ojos, y que cada vez estaba peor. “La hija lo visita los fines de semana.” Yo no lo podía creer. Incluso me mostró fotos del tipo. Yo dije, “Este es un asunto totalmente espiritista.” Me había poseído del espíritu de ese viejo. Todavía no sé por qué lo puse en Macuto; no había ninguna razón para ponerlo en ese pueblo. A ti te tiene que haber pasado algo similar.
FS Me asombra. Un amigo mío dice que hay una cuestión mágica en la cuestión de la narración, en la construcción de una novela, e incluso en cualquier obra que tú acometas. Muchas cosas comienzan a encajar, se da una serie de coincidencias extraordinarias. Cuando iba a escribir El pasajero de Truman, yo entendía la historia como la entienden todos los venezolanos dado todo lo que ha escrito Ramón J. Velásquez, el hombre de confianza de Diógenes Escalante, sobre ese capítulo de la historia. Ocurre que por unas semanas tuvo otro secretario, Hugo Orozco. Un día alguien me dijo que tenía que hablar con el secretario de Diógenes Escalante. “Ya yo hablé con Velásquez,” contesté. “No, no con Velásquez; tienes que hablar con este otro señor. Te voy a dar el teléfono, llámalo.” Entonces bueno, sin ese par de entrevistas con Orozco el libro hubiera sido otra cosa.
FV O no habría sido.
FS O no habría sido. Se van dando muchas coincidencias; uno cree que es una cuestión de suerte, pero yo no sé, pareciera que el proceso de iniciar una historia como ésta depende también de que la historia quisiera ser contada. Las cosas empiezan a converger en el proceso de escritura y de creación, van surgiendo. Es la cuestión de escribir que más me apasiona. A veces leo cosas que he escrito, y me digo que si me sentara a escribir esto ahorita no podría escribirlo. No sé si a ti te pase algo como eso.
FV No solamente me pasa eso: a veces leo cosas que escribí, y me pregunto ¿cuándo escribí yo esto? Es como si hubiera estado en un estado de invocación.
FS En un estado de gracia.
FV En esos instantes no me conozco, soy como un médium.
FS Eso me pasa; exacto. ¿Tú te sorprendes a ti mismo?
FV Sí. Probablemente de eso se trata crear, de sorprenderse a uno mismo. Si tú lees a Carlos Cruz-Diez, a Jesús Rafael Soto, están hablando de cromatismo, de búsquedas y ensayos y experimentos; de todo menos tratar de hacer arte. Al que trata de hacer arte le sale un mamarracho. Si tú tratas de hacer una novela probablemente te salga un bodrio.
FS Yo lo que quiero a veces es simplemente contar el cuento. Me viene por esa compulsión de narrar cuentos que tienen los margariteños. No me veo a mí mismo como una individualidad; tengo el bagaje de historias que estuve toda mi vida escuchando. Tuve la suerte de crecer sin televisión escuchando las historias de la abuela y de las otras viejas, y de mi propio padre que era un gran contador de historias. Nunca he pensado que tengo el don de la narración.
FV ¿Por qué será que los margariteños son tan buenos cuenta cuentos? ¿Por la isla?
FS No sé si todos los isleños sean así, pero lo cierto es que los margariteños tienen compulsión narrativa, oral. Si los margariteños se dedicaran a escribir sus historias, sería una literatura muy rica, diría yo. Pero no, la cosa es oral; todo el mundo cuenta cuentos pero nadie los escribe. Tú sabes que el cuento a mí no se me da. No me siento cómodo escribiendo cuentos. Intenté escribir un cuento urbano sobre Caracas, y resultó desastroso.
FV ¿Tienes una próxima novela?
FS Siempre tiene uno algo. Hay un proyecto de volver a Margarita, de volver a escribir sobre personajes margariteños. Pero te confieso que lo tengo suspendido porque no quiero ponerme a escribir ahora.
FV Quieres esperar y recargarte.
FS Quiero dejar pasar un año.
FV Ah, te impusiste año.
FS Sí, un año sin escribir. Me gusta escribir cuando lo quiero hacer, cuando la compulsión por contar una historia no me deja dormir y tengo que salir de ella escribiéndola.
FV ¿Y cómo acometías tu quehacer de escritor?
FS Cuando estoy escribiendo me levanto a las cuatro de la mañana y trabajo hasta las siete. Escribo unas tres horas diarias, no más. Mi rutina de otras cosas me quitaba el tiempo: dar clases en la universidad, y, bueno, por cuatro años era mi trabajo dirigir la revista Éxito, del 2004 al 2008. Al día siguiente corrijo y continúo, pero siempre en las mañanas, porque si no me distraigo. Me distraigo muy fácilmente.
FV Hay un momento en que a mí, personalmente, me cuesta pasar de tres horas. Es cuando la cosa está en parto; está la hoja en blanco, uno está inventando. Ya cuando está el manuscrito, puedo trabajar doce horas.
FS Claro, ya tienes una ruta marcada. Escribir una novela ocupa toda mi mente; estoy todo el tiempo pensando en ella. Imagino que a ti te pasa lo mismo.
FV Sí, y a veces ni siquiera hablo de otra cosa. Me quedo pegado en el tema. Me pongo fastidioso.
FS Exacto. Se te ocurren cosas que vas guardando, y al otro día, cuando te sientas, tienes algo ya en la cabeza. A veces no es ni siquiera que se te ocurra cómo continuar la historia, sino más bien cómo resolver un problema técnico narrativo.
FV ¿Y llegas a botar cosas escritas?
FS Sí.
FV Desechar es lo que más me cuesta a mí.
FS A todos nos cuesta, porque es el trabajo materializado. (risas) Deseché de La otra isla como 40 páginas donde desarrollaba al cónsul alemán, que es la bisagra de toda la historia. Es decir, la bisagra entre los alemanes y los margariteños. Deseché como 40 páginas que explicaban su presencia en Margarita, su forma de ser, su origen. Había conocido a una margariteña que había estado presa, lo cual ocurre mucho, dicho sea de paso. Muchas venezolanas, y venezolanos, van a Alemania donde los agarran por ser mulas de drogas. Los meten presos, pero los alemanes tienen un sistema de protección de testigos donde si cooperan en dar información los dejan quedarse trabajando en Alemania. A una margariteña le pasa todo esto y se encuentra con este alemán. Ella se regresa a Margarita y él la sigue; ése era el desarrollo. No sé por qué razón se me metió a la cabeza botar esas 40 páginas. (risas) Ahora lo pienso y digo, ¡Que desperdicio!
FV Hay una regla de oro: si al interior de una novela hay un cuento que es redondo, que tiene final y principio, eso es mala señal. Es sospechoso que algo tenga demasiada independencia. Las piezas de las novelas tienen que tener raíces que se explican antes y frutos que se explican después.
FS Y es que uno no sabe el rumbo que va a tomar la historia o el personaje.
FV El otro aspecto que sí tiene la novela histórica, y yo lo estoy sufriendo, es cuando los hechos sucedieron hace sólo 50 años. Una cosa es hablar de los abuelos, como en el Falke, y otra hablar de los padres, como me esta sucediendo con Sumario.
FS Hay gente que está viva todavía…
FV Todos muy viejos, pero algunos están vivos. Sobre todo María Isabel Urbina, la hija de Rafael Simón Urbina, quien dirigió la conspiración para matar a Delgado Chalbaud. No sólo está viva, sino es bella e inteligente. Creo que uno hereda al abuelo, no al papá, porque con el papá hay un antagonismo que crea una ley de compensación. Frente al papá, todas las cosas que recibes, las analizas, las equilibras, o incluso te opones a ellas para no ser el espejo del padre. Pero con el abuelo eso no pasa, así que cuando uno escribe en el territorio del abuelo es más fácil que cuando uno escribe en el territorio del padre. Claro que en el caso concreto de Sumario, se trata de territorios también cercanos a los abuelos, dado que un personaje que tuviera 23 años en el año ’50 no sería mi padre… ¡Ah no! Estoy equivocado en mi cuenta. ¡Sí! Este personaje, de hecho, ¡es mi papá!
FS Yo nací en el ’54, mi papa tenía 29.
FV Sí, ahora es cuando caigo en cuenta de que mi personaje tiene la edad de mi padre. Mi padre tenía exactamente 23 años en el ’50. En todo caso, eso justifica lo que estoy tratando de explicar: es más difícil hablar del padre como personaje que del abuelo. Hay otra cosa más, otro problema que he tenido. El Falke no solamente ocurre en el territorio de los abuelos, sino que el personaje habla desde ese tiempo. En cambio aquí en esta novela, no solamente hablo del padre, sino que mi padre habla desde mi tiempo. Eso me forzó a crear una serie de trampas para que la novela terminara en el ’98, porque me era muy difícil hablar de Chávez. Después de esa barrera, era imposible que este viejo no hiciera comentarios sobre el chavismo…
FS Lo cual contaminaría todo… (risas)
FV ¡Acabaría con la novela! Chávez está demasiado presente. Es un continuo presentador que pretende abolir la historia.
FS Hay un personaje Urbina que es personaje de novela: Caraquita Urbina.
FV No lo conozco.
FS Caraquita era el secretario juvenil de la juventud comunista cuando la guerrilla. Era sobrino de Rafael Simón Urbina. ¿Y aquella historia sobre la muerte de Domingo Urbina?
FV Hablé con Teodoro Petkoff en sus oficinas del periódico que dirige, Tal Cual. Como sabes, fue uno de los jóvenes guerrilleros de mejor formación en política y economía. Después de sus luchas en la sierra y en la ciudad, de estar preso y huir espectacularmente, se sumó a la pacificación y fundó el Movimiento al Socialismo. Me contó que él le dio clases de historia en la guerrilla a Domingo Urbina cuando estaban armando el frente guerrillero por la sierra de Falcón. Un día sentó a los guerrilleros y les empezó a dar una clase de historia. Teodoro usaba el método que proponía Simón Bolívar, que era ir de adelante hacia atrás. Así que les empezó a hablar desde episodios de nuestra historia contemporánea, de los conflictos entre la junta militar en 1950 y cómo ese conflicto produjo el asesinato de Delgado Chalbaud. Esa clase de historia fue en los años 60 y el asesinato de Delgado había ocurrido en el ’50. Cuenta Teodoro que sintió, a mitad de la clase, una mirada hosca de Domingo Urbina. Al final se le acercó Domingo y le dijo, “Mira, Teodoro, esa vaina, ¿era conmigo?”.
FS “¿Cuál vaina?”
FV Es que Teodoro había olvidado que el propio Domingo Urbina, el alumno que tenía al frente, había sido uno de los que asesinó a Delgado Chalbaud. “Oye, vale, perdona, no estaba pensando en ti”, le dijo Teodoro a Domingo. Yo me imagino que para Domingo tiene que haber sido muy impresionante darse cuenta, por primera vez, de que él era un personaje histórico. No había caído en cuenta de su ubicación. Digamos que nadie había convertido su realidad en esa ficción que es toda historia bien contada. Con la lección de Teodoro, Domingo sintió el mareo de ser un personaje.
FS De haber intervenido en la historia.
FV Esa es la mentalidad del novelista, ser capaz de producir esos mareos en lectores que nunca participaron en los hechos que cuenta.
(Interview, Fiction, En Espanol, Web Exclusives)